Sobre las riquezas de la Bética:
«De Turdetania se exporta trigo, mucho vino y aceite; éste, no sólo en cantidad, sino de calidad insuperable. Expórtase también cera, miel, pez, mucha cochinilla y minio mejor que el de la tierra sinóptica. Sus navíos los construyen allí mismo con madera del país. Tienen sal fósil y muchas corrientes de ríos salados, gracias a lo cual, tanto en estas costas como en las de más allá de la Columnas, abundan los talleres de salazón de pescado, que producen salmueras tan buenas como las pónticas. Antes se importaba de aquí cantidad de tejidos; hoy mismo sus lanas son más solicitadas que las de Koraxoí, y nada hay que las supere en belleza. Por un carnero reproductor se paga no menos de un tálaton. De gran calidad son también los tejidos ligeros que fabrican los saltiétai».
Estrabón, Geografía III.
Sobre la Romanización:
“Con la prosperidad del país les llegó a los turdetanos la civilización y la organización política; y, debido a la vecindad, o, como ha dicho Polibio, por el parentesco, también a los celtas, aunque en menor medida, porque la mayoría viven en aldeas. Sin embargo los turdetanos, en particular los que habitan en las proximidades del Betis, se han tornado por completo al carácter de los romanos y ni siquiera recuerdan ya su propia lengua. La mayoría se han convertido en latinos y han recibido colonos romanos, de modo que poco les falta para ser todos romanos. Las ciudades mixtas que se fundan en la actualidad, como Pax Augusta entre los célticos, Emérita Augusta entre los túrdulos, Cesaraugusta junto a los celtíberos y algunos otros asentamientos, muestran a las claras la transformación de los citados modos de vida”.
Estrabón, Geografía, III, 2, 15.
Sobre su visión de los hispanos:
“Todos estos habitantes de la montaña son sobrios: no beben sino agua, duermen en el suelo […] comen principalmente carne de cabrón; a Ares sacrifican cabrones […] En lugar de moneda practican el intercambio de especies o dan pequeñas láminas de plata recortadas. A los criminales se les despeña, y a los parricidas se los lapida, sacándoles fuera de los límites de su patria o de su aldea […]. Su rudeza y salvajismo no se debe solo a sus costumbres guerreras, sino también a su alejamiento, pues los caminos terrestres y marítimos que conducen a estas tierras, son largos, y esta dificultad de comunicaciones les ha hecho perder toda sociabilidad y toda humanidad… Si no se quiere interpretar como un régimen confortable de vida el que se laven con los orines guardados durante algún tiempo en cisternas, y que tanto los hombres como las mujeres se froten los dientes con ellos, como hacen, según dicen los cántabros y sus vecinos […]. Es cosa común entre ellos la valentía, no solo en los hombres, sino también en las mujeres. Estas cultivan la tierra; apenas han dado a luz, ceden el lecho a sus maridos y los cuidan. Con frecuencia paren en plena labor, y lavan al recién nacido inclinándose sobre la corriente de un arroyo, envolviéndole luego. Así, entre los cántabros es el hombre quién dota a la mujer, y son las mujeres las que heredan y las que se preocupan de casar a sus hermanos; esto constituye una especie de matriarcado, régimen que no es ciertamente civilizado”.
Estrabón, Geografía III.